viernes, 30 de abril de 2021
viernes, 23 de abril de 2021
Reseña de Película “Para siempre Pestalozzi”
Reseña
de Película “Para siempre Pestalozzi”
Siendo
testigo desde muy joven de las desigualdades que existían en la Europa a
mediados del siglo XVIII, se propuso dar un giro considerable a la forma de
enseñanza que ha sobrevivido hasta nuestros tiempos. Lo cual le ha costado ser el
pedagogo más conocido y admirado: Johann Heinrich Pestalozzi.
Es
en su país natal, Suiza en el que el revolucionario joven se da cuenta que la
educación carecía de herramientas que le proporcionarán a los niños y jóvenes
los suficientes elementos para poder tener una mejor calidad de vida, tanto en
lo espiritual como en lo material.
Las
diferencias sociales tan marcadas, en las que solo los ricos podrían tener
acceso a una educación aceptable, mientras que en los pobres era totalmente
demeritoria, lo impulso a crear escuelas llenas de niños y niñas abandonados
por el sistema. Son estos últimos el
motor que le da la fortaleza suficiente para poder confrontar a lo socialmente
establecido. Incluso al más poderoso aparato institucional de esos tiempos, la
iglesia católica.
Discípulo
de Rosseau, encamino sus esfuerzos a una educación en la que se diera
importancia a lo esencial. Siempre comenzando desde lo más sencillo, para poder
continuar poco a poco, terminando en lo complejo. Teniendo a los sentidos como el
principal medio de exploración, la observación como instrumento de
interpretación y la memoria como método de registro.
Su
propósito era que los niños le dieran importancia a lo que realmente lo tiene,
y que le sirviera en un futuro en la vida. Consideraba que los alumnos deben
ser libres para poder mediante los sentidos captar lo que la naturaleza les
dice.
Quitar
esas riendas impuestas por la sociedad, alimentando la curiosidad y la
creatividad en ellos. Permitiendo que los alumnos racionalicen lo que va
captando su atención, e interiorizando sus gustos. Para de esta forma, puedan
ser capaces de elegir lo que mejor les convenga o les cause afecto.
Pestalozzi
siempre hizo hincapié en la naturaleza, esa que nos proporciona todo y que nos
enseña lo que realmente importa en la vida. El respeto hacia ella, siempre
teniendo en cuenta sus procesos y
tiempos.
Comparaba
a los niños con los arboles, en los que ambos comienzan siendo una semilla, y
de acuerdo a como se les vaya nutriendo y cuidando, estos darán los frutos
correspondientes al esfuerzo y trabajo realizados en ellos.
Es
esto último lo que hizo que el estado se preocupara un poco por los infantes,
incluyendo poco a poco, a los más desfavorecidos. En la escuela que organiza,
su función como docente, es que todos sean prioridad, sin excluir a nadie.
La
educación no podía ser de calidad solo para los burgueses, debería ser para
todos en general y es el estado el que se debería encargar de que esta sea
impartida en su totalidad.
Es
en su libro “Como Gertrudis enseña a sus hijos” donde Pestalozzi aclara su
metodología de enseñanza, la cual se basa en la sencillez de solo saber
observar, medir, dibujar y escribir. Para que el niño aprenda debe basar su
aprendizaje en saber diferenciar a los objetos, tratándolos de describir de
acuerdo a su percepción. Enseñar utilizando el juego y dando amor a los alumnos,
son tácticas que proporcionó para el desarrollo del sistema educativo mundial.
Sin
duda un gran pedagogo que demostró con hechos lo que su ser espiritual le
dictaba, dando afecto y conocimiento a los más vulnerables, introduciéndolos al
camino de la sociedad intelectual.
Confiaba en la bondad de las personas, induciendo la idea de que el hombre en general es bueno y quiere lo bueno. Pestalozzi fue sin duda un gran árbol que rindió fruto, el cual a través del viento esparció la semilla de la educación, de la compasión, del espíritu libre y de la libertad.
Bibliografía
Pestalozzi,
Johann Heinrich (1801) “como Gertrudis enseña a sus hijos”
Von
Gunten, Peter (1989) “Para siempre Pestalozzi”
Disponible
en: https://www.youtube.com/watch?v=5C2w62iWvZo
jueves, 22 de abril de 2021
Aprender a Vivir Artículo de Opinión "El Emilio" de Jean Jaques Rousseau
Aprender
a Vivir
Muy
pocas veces nos preguntamos o nos permitimos reflexionar del por qué de nuestro
actuar, pensar o hablar. Tal vez, es de poca importancia saberlo y por eso no
hacemos ese tipo de cuestionamiento con frecuencia, al final de cuentas, nos
comportamos, lo hacemos y ya; por inercia, porque así somos y porque nos gustar
ser. Cuando intentamos conocer el inicio de nuestro comportamiento, las
respuestas por lo regular, suelen, no ser de nuestro agrado: ¡la culpa es de
nuestros papas! ¿Por qué me enseñaron a ser así? ¿Por qué tengo que comportarme
como mi papa? ¿No me pudieron enseñar a ser más exitoso?
Hemos
escuchado hasta el cansancio el que las personas somos como una hoja en blanco
cuándo nacemos; que los bebes son, como una esponja que todo succionan. Es Jean
Jaques Rousseau quién en su libro “El Emilio” aborda esta situación que nos
permite aclarar un poco las dudas de nuestro existir. El mayor alimento que
existe en la vida, es la enseñanza. Son nuestros padres los primeros
“maestros”, pero no de matemáticas ni de ciencias, o por lo menos no
profesionalmente; son tal vez, mucho más importantes que eso, son nuestros
primeros mentores de vida. De ellos aprendemos a recorrer ese camino tan
transitado y difícil, y mediante sus enseñanzas logramos, por lo menos,
intentar caminarlo.
Cuando
nacemos, somos los seres más indefensos, necesitamos protección y cuidado;
aprenderemos a ser fuertes o débiles según sea el caso. Seremos torpes o
inteligentes según el medio en el que nos desarrollemos.
Es
aquí donde recuerdo la Teoría del Aprendizaje Social de Albert Bandura, el cual
nos dice, que el niño como “aprendiz” se
comportará en el futuro según haya sido
su desenvolvimiento en la sociedad. Su primer escalón, será la familia. Los
padres su primer obstáculo a vencer.
El
niño será capaz de extraer enseñanzas a partir de la observación de lo que
hacen o dicen los otros. La herramienta para lograrlo será la atención. Los
padres harán todo lo posible para formar a un individuo capaz de sobresalir en
el ambiente. ¿Pero realmente lo logran?, ¿Son las tácticas que utilizan las
adecuadas?. Eso sólo lo podremos saber con el tiempo. Otra frase trillada pero
que esconde una gran verdad es la que dice: que no existe un manual para ser
madre o padre. Otra gran verdad, es que los padres van aprendiendo sobre la
marcha, usando estrategias aprendidas en la vida, esa que obtuvieron de sus
propios padres. El árbol genealógico se hace presente en cada nacimiento, y no
solo para hacer presencia en la herencia genética, sino en la forma de educar.
Generación
tras generación subsisten palabras, o formas de ser y de pensar. Es una
cadenita que sigue en movimiento. Unos tratarán de hacer modificaciones para
“bien” o para “mal”; otros continuarán igual, con los mismos “errores” o
“aciertos”. La gran mayoría apuesta por una educación en la que sus hijos
aprendan a ser fuertes, exitosos y dispuestos a sobresalir en la vida. Rousseau decía, que el hombre que conoce y es
capaz de sobrellevar los males de esta vida es el mejor o más educado. Muchos padres
no buscan enseñar esos males, como el fracaso, por el contrario buscan hijos que lleguen lo más cercano a una
“perfección” inexistente. Quién crece en el “perfeccionismo Ficticio”, y lo
llamo así, por qué sólo existe en el imaginario de algunos; crean seres
rígidos, cuadrados, obsesivos, carentes de empatía consigo mismo. Se olvidan de
que conforme una persona se equivoque, aprende.
Unos padres que “conducen” a sus hijos hacia la plenitud, son guías, que
inculcan en sus hijos el llamado “ensayo-error”. La caída duele, pero el
levantarse es una virtud.
Bandura
describe al papel de aprendiz, como aquel que no es Dios, ni autosuficiente, ni
mucho menos autómatas. Se le tiene que enseñar a cada individuo a ser apto para
todas las condiciones humanas que la vida le vaya presentando.
Los
primeros pasos se logran en compañía de quienes nos protegen y cuidan desde el
nacimiento y en los primeros años de vida. La experiencia se va nutriendo de
las lecciones que se van presentando. El niño hace sus primeras “gracias”
utilizando sus capacidades físicas, sus sentidos; en donde poco a poco va
construyendo una idea de lo que es y de lo que quiere ser. Pero antes de
conectar con lo cognitivo, lo hace con sus parte afectiva. Esa, que desarrolla
en la intimidad de su relación con la madre. Es en esta relación donde conoce
el placer y el dolor, el bien y el mal; el afecto o el rechazo.
Todo
lo que le suceda quedará marcado, en la memoria consciente o inconsciente; ese
aprendizaje saldrá a la luz segú el momento en que se necesite aplicar. Cada
acción y sensación queda registrada en nuestro cuerpo, en nuestro ser. Se va
creando nuestro archivo personal, el cual permitirá conocer nuestro alrededor y
a nosotros mismos.
En
la interacción con nuestro mundo, en el que los primeros meses se reduce a
nuestros seres queridos, vamos siendo un poco conscientes de nuestro ser. ¿Pero
realmente somos totalmente conscientes de lo que somos?
Tal
vez no, y menos si solo nos dedicamos a cumplir con lo que la sociedad nos
dicta, o espera de nosotros. No somos conscientes si solo estamos preocupados
en lograr ser ricos y no tener preocupaciones. ¿Nos gusta nuestra vida?, o más
bien ¿Somos felices? Difícil responder. Todos queremos siempre más y más, pero
no todos vamos detrás de eso. Nos conformamos con lo que tenemos, no
arriesgamos demás.
Jean
Jaques Rousseau dice algo muy cierto: “el hombre que más ha vivido no es aquel
que tiene más años, sino el que más aprovecho la vida”. No podemos estar más de
acuerdo con esto. Nos olvidamos de vivir, de sentir y de experimentar, cuando
la rigidez, los prejuicios y “el qué dirán”, son más fuertes que los deseos de
las personas.
Se
nos olvida que solo tenemos una oportunidad de vivir, nos perdemos en la
monotonía y en la cuadratura. La libertad, queda como una simple palabra más en
nuestro breviario personal, sin sentido ni significado. Aprendimos a ser
esclavos de lo que los demás piensan. Si los padres nos enseñaran a ser libres,
obvio, conociendo las consecuencias de utilizar mal ese término, todo sería
distinto.
No
podemos culpar a nuestros padres por sus enseñanzas o por su forma en que nos
permitieron crecer. Lo que sí es cierto, es que son quienes en sus formas de
actuar, voluntaria o involuntariamente inculcaron en nosotros nuestra manera de
ver la vida y de salir avante en ella.
Pero
¿cómo podemos ser mejores padres? Es otra pregunta difícil de contestar.
Vale
la pena, quizás, dejar de ser tan aprensivos y en la manera de lo que se pueda,
irnos liberando de las ataduras que nos impusieron en el pasado. El formar a un
individuo, es la tarea más complicada que existe en el universo entero. Que de
ti dependa el futuro de una persona, no es nada agradable. Cae sobre ti, una
responsabilidad que no se esperaba.
Lo
único que como sociedad podemos esperar, es que existan hombres y mujeres
libres, respetuosas de la naturaleza, de los otros y de sí mismos. Que sean
honestos en cada paso que den. Seres llenos de amor y compasión, en donde la actitud de servicio
este presente para los que más lo necesitan.
Individuos
capaces de elegir y apostar por su felicidad; entendiendo que para lograrla se
pueden cometer errores, los cuales no son malos ni dañan. El daño se produce
cuando no se está preparado para afrontarlos y remediarlos.
Todos
tenemos un papel para desempeñar en la vida, lo mejor para todos es que cada
quién decida cual interpretar. No se puede ir en la vida con indecisiones, sin
saber qué rumbo tomar. La madurez nos tiene que permitir saber qué es lo que
queremos y no en nuestra vida.
La
infancia sin duda marca la pauta para la personalidad de cada individuo, lo más
que podemos hacer por nuestros niños es invitarlos a que conozcan el mundo a
través de sus sentidos, que con sus sensaciones vayan aprendiendo a saber que
si y que no.
Rousseau
a través de su “Emilio”, nos permite tener una mejor perspectiva de lo que el
aprendizaje en la primera etapa de nuestra vida debe ser. Siempre buscando el
bienestar de la persona, pero no solo desde lo “bueno”, sino también desde lo
“malo”. Todo aporta en esta vida, no hay desperdicio en ella. Cada paso que se
dé, será una huella que se deja.
Es
por lo anterior que debemos aprender a enseñar lo mejor de nosotros mismos,
aquello que nutra y alimente el existir de los demás. Enseñemos a vivir en
plenitud, incluso con lo negativo, saliéndonos de la perfección. Teniendo
siempre presente que nuestro actuar será observado por quienes nos siguen.
Quizás no deberíamos ser ejemplo para nadie, pero si somos punto de referencia
para muchos, por lo tanto debemos dar nuestra mejor versión. Para que nuestras
manos en vez de degenerar, sean manos enriquecedoras.
Para
este Articulo de opinión se tomó como referencia la lectura que se hizo del
Libro “El Emilio” de Jean Jaques Rousseau (Titulo Original: Émile on De
l´education) redactado en 1762.


